El chocolate

El chocolate, poco cocido y poco movido

Son incontables las presencias del chocolate en la literatura española. Artículo de necesidad para todas las clases sociales, se tomaba a todas horas, tanto para el desayuno, a media tarde o después de la cena.

"Sin esta pasta frailuna -el chocolate- no pueden vivir los españoles", escribió Galdós. Y añade Blanco White que "Cada uno toma su chocolate a la hora que le conviene y muchos lo toman después de misa". Ahora, eso sí, debe ser siempre espeso: "las cuentas claras y el chocolate, espeso".

Existe una copla que es, sencillamente, toda una sabia receta:

"El chocolate excelente,
para que cause placer,
cuatro cosas debe ser:
espeso, dulce y caliente
y de manos de mujer".

También tenemos un dicho: "eso no cuela ni con chocolate", cuando no se puede tragar o creer alguna cosa.

Un refrán lo asocia al tomate, aunque para cantar más bien las excelencias de ese producto también llegado de América: "Con tomate, hasta el chocolate", si bien otros lo consideran una verdadera herejía culinaria: "A todo le sienta bien el tomate; pero al chocolate, ¡qué disparate!" y también, recogido por Rodríguez Marín, "chocolate con tomate, ¡qué disparate!".

Tampoco debe recalentarse, "amigo reconciliado, chocolate recalentado" y "ni amigo reconciliado, ni chocolate recalentado".

Los españoles apostamos fuertemente por el chocolate y llegamos a tenerlo por algo muy nuestro, tanto que Fernán Caballero, en su novela 'Elia', describe la pugna entre el chocolate y el , como la de un patriota del dos de mayo contra un invasor anglófilo.

Lo clásico es tomarlo con picatostes, aunque en Madrid es más típico el chocolate con churros.

Hay más refranes: "Bebe chocolate, y no pidas que te harte" y "chocolate poco cocido y poco movido". Debe, ya se dijo, beberse caliente: "Chocolate frío, échalo al río". "Ni chocolate que no tiña, ni tela que se destiña" y "ni chocolate recocido, ni mujer de otro marido" y "ni chocolate rehervido, ni criado despedido".

Doña María de Zayas, novelista madrileña, dice: "El amigo chocolate, que en todo se halla, como la mala ventura". También aparece en la novela de Moreto, 'No puede ser'. Uno de sus personajes, se excusa por haber tomado chocolate por tercera vez:

"No se os de nada, tomadlo,
que el chocolate en Madrid
se usa ya como tabaco".

Según Martínez Llopís, "también los médicos opinaron sesudamente sobre las virtudes y vicios del chocolate, Antonio Colmenero de Ledesma, médico sevillano, publicó en el año de 1631 un curioso tratado de la naturaleza y calidad del chocolate", en el que defiende este producto de todas las diatribas que le eran dirigidas por sus detractores. Y en 1936, Antonio de León Pinelo, escritor nacido en Perú, publicó una interesante obra titulada 'Questión moral si el chocolate quebranta el ayuno eclesiástico: Trátase de otras bebidas y confecciones que se usan en varias provincias'.

En un 'Arancel económico para mantener una casa en Madrid' encontramos esta apología del chocolate:

"En cualquier imprevenida
dolencia, que insulta al pecho
el chocolate bien hecho
es el agua de la vida;

de oro potable bebida
en antídoto en los males;
tómenle, pues, los mortales,
porque es bebida especiosa,
dulce, fragante, gustosa;
y en fin de virtudes tales".

En las casas de nuestros abuelos existieron las chocolateras, hoy caídas en desuso. Porque toda España, dice Luis Antonio de Vega, olía a chocolate. Los chicos, al salir de la escuela, lo comíamos crudo, con pan, como merienda. Lo tomaban los curas, en sus tertulias, con bizcochos españoles; las señoras que invitaban a las amigas "a tomar el chocolate"; los carlistas y los liberales.

Un célebre escritor de novelas por entregas, hoy olvidado, Wenceslao Ayguals de Izco, terció en una célebre polémica acerca de si era mejor desayunarse con chocolate o con huevos fritos. Espíritu moderno, el escritor se abonaba al desayuno de tenedor:

"¿No es, hermano, solemne disparate
preferir chocolate al desayuno?
¿No es más estomacal, más oportuno
un par de huevos fritos con tomate?".

Al escritor le contestó Fray Gerundio, haciendo todo un derroche de ingenio culinario:

"No es, hermano, solemne disparate
preferir chocolate al desayuno,
ni es más estomacal, más oportuno
un par de huevos fritos con tomate".

La revista 'La Risa', espejo en que se reflejaban y zaherían las costumbres de la época (hablamos del siglo XIX), votó a favor de desayunar chocolate y falló que comparar los humildes huevos fritos con tan frailuna bebida era como comparar "la rústica patata con el tocino de cielo, la prosa con la poesía, lo humilde con lo elevado y lo rastrero con lo sublime".

José Esteban

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