Perro Paco, un can aficionado a los toros y al teatro

Perro Paco era un can callejero del siglo XIX aficionado al teatro y los toros

El conocido como Perro Paco, vivió por los años setenta del siglo XIX, en un Madrid chiquito y entrañable.

De su popularidad dan testimonio diferentes publicaciones de la época, donde se habla de tan famoso perro y de sus hazañas, muchas de ellas casi humanas, al decir de los madrileños de esos años.

Callejero, vagabundo, sin dueño conocido, sin duda le molestaba estar sometido a cualquier autoridad o norma. Su fama comienza a tomar cuerpo, cuando varios clientes del Café Fornos toman la costumbre de sentar a su mesa al 'Perro Paco', como si de una persona se tratase.

Según cuentan, el perro se comía un suculento plato de carne, y esperaba tranquilamente a que el resto de los comensales finalizasen el menú, para después acompañarlos hasta la puerta del 'Fornos', incluso algunos decían que acompañaba al pagador de la cuenta hasta el portal de su casa, y que siempre rehusó entrar y dormir bajo techo que no fuera el habitual elegido por él.

Sus habilidades fueran ciertas o falsas, se convirtieron en leyenda, como cuenta el famoso actor Enrique Chicote: "Cuando el perro Paco asistía a un estreno, si los chistes no tenían gracia, lanzaba un lastimero aullido entre las carcajadas del público, que premiaba al simpático chucho con una gran ovacion".

Gran aficionado a los toros, solía asistir a cuantas corridas o novilladas se le invitaba, ocupaba su localidad como uno más de los aficionados asistentes, y sólo cuando finalizaba la faena y el toro era sacado del ruedo, el perro Paco salía a la arena a realizar unas carreritas y hacer algunas cabriolas, para gratificar al publico, que agradecido aplaudía a tan peculiar can. Sin embargo, a algunos aficionados puristas, esto no les gustaba y de ellos se hizo portavoz Mariano de Cavia, que escribió varios artículos quejándose del comportamiento del perro Paco y del público.

Tanta era la aficion a los toros de nuestro perro, que ésta le llevo a la muerte. Una tarde un novillero, no muy diestro en su oficio, intentaba entrar a matar al toro. Después de varios intentos fallidos, el perro Paco se lanzó al ruedo y ladró furioso al torero, que enfurecido le dio un estoconazo. El furor del público fue tal, que difícilmente, salió con vida del coso taurino el novillero. El público cogió al perro Paco para que le curasen, pero a los pocos días moría. Tanta fue la pena ,que se hizo una recaudación para levantarle una estatua en el Parque del Retiro, donde fue enterrado.

Fue sin duda un caso de amor de una población, como la del Madrid de entonces, a un perro feo, sin raza definida, pero simpático y cariñoso como ninguno e inteligente como el que más, si hacemos caso a la prensa de la época.

Estas son las historias que hacen y definen a una ciudad única y entrañable como es Madrid.

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