Marqués de Vadillo, un corregidor en busca de un Madrid mejor

Francisco Antonio Salcedo y Aguirre, más conocido como el Marqués de Vadillo, es uno de los corregidores más populares de la Villa. Nombrado el dia 9 de octubre de 1715, la confianza depositada en él por Felipe V, dio al marqués unos poderes morales y reales muy por encima de los que tuvieron sus antecesores.

Antes de ser corregidor de Madrid lo fue de la ciudad cacereña de Plasencia, donde comenzó a desarrollar su fervor hacia la Virgen del Puerto, patrona de esta ciudad extremeña. En honor a ella, ordenó a erigir una ermita construida por el arquitecto Pedro de Ribera, situada en el camino de salida a Extremadura, junto al Puente de Segovia y cuyo mantenimiento corrió a cargo del Ayuntamiento. El joven arquitecto supo entender las ideas y necesidades del corregidor. De la colaboración establecida entre ambos se deben algunos de los monumentos más característicos y hermosos de nuestra ciudad.

Además de citada ermita de la Virgen del Puerto, Ribera acometió a continuación las obras del Puente de Toledo, verdadera obra maestra y muy necesaria para Madrid. El resultado fue un magnífico puente, cuya fotaleza fue la admiración de los madrileños asi como su inmensa largura, con principio y final en unas amplias plazoletas adornadas con unos magnificos obeliscos y sus correspondientes fuentes y rampas. El puente se adorna en su centro con dos capillas-monumento de estilo muy francés, rococó, y dedicadas a San Isidro y a Santa María de la Cabeza. Para demostrar la seguridad del puente, el propio Marqués de Vadillo fue el primero en cruzarlo con su coche.

También a Pedro de Ribera se debe la edificación del Cuartel de Conde Duque dedicado a los Reales Guardias de Corps. Amplísimo edificio capaz de albergar a más de seiscientos guardias y a cerca de quinientos caballos. El Marqués de Vadillo no sólo encargó la obra a su arquitecto preferido sino que el Consejo contribuyó con más de 20.000 escudos de vellón a su edificación.

El Marqués fue el corregidor que quiso dar a Madrid el empaque que la nueva dinastía real de los Borbones pedían a la capital del reino. Gracias a él se llevó a cabo la instalación de los primeros faroles del alumbrado de Madrid, en un intento por reducir la peligrosidad de las calles de la ciudad e cuanto caía la noche. Como las arcas municipales no podían hacer frente al coste de la medida tomada, el corregidor dictó un banco en 1717 por el que se ordenaba a todos los vecinos a que pusieran faroles en las fachadas de sus casas. Estos estarían separados por una vara de la pared y no más lejos unos de otros de cien pasos. Cada vecino debería costear los faroles que correspondiesen a sus metros de fachada. Desde entonces las noches de Madrid fueron menos negras y oscuras, pero no todos los vecinos cumplieron con la disposición, pues era muy costoso mantener los faroles encendidos con bolas de sebo o betunes.

Fallecido en junio de 1729, fue enterrado en la ermita de la Virgen del Puerto, en un sepulcro diseñado por su amigo Pedro de Ribera.

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