Los "manolos", los "majos" y los "chisperos", propotipos de los madrileños de siglos pasados, conforman el casticismo de aquella época que señoreaban los diferentes barrios madrileños: Lavapiés, Maravillas y Chamberí, respectivamente.
Todos ellos, los 'gatos' y las 'gatas' madrileñas, sin embargo, son también conocidos popular y castizamente como 'chulapos' y 'chulapas' y también, aunque es menos frecuente pues suena más despectivo, como 'chulos' y 'chulas'.
Los "manolos" -gentilicio de Manuel y nombre obligado del primogénito en las familias de judios conversos- dominaban el barrio de Lavapiés y expandían el casticismo de la 'manolería' por todas sus calles y plazas.
Aristócratas de lo popular y de carácter fanfarrón, se dedicaron a oficios que no llevaran implícito demasiado sometimiento. Fueron aguadores, caleseros y soguillas, entre otras profesiones, y cómo no, amantes de las algaradas y de los amoríos sin complicaciones.
Por el contrario los "majos", habitantes del barrio de Maravillas, hoy más conocido por Malasaña, eran más tranquilos y gustaban de fiestas más sosegadas. Contaban con empleos de horas fijas: zapateros, carpinteros, sacristanes, etc. Solían guardar las apariencias y sus amores muchas veces eran de “tapadillo”.
Valientes pero no temerarios, el suceso más importante acontecido a nivel colectivo fue el vivido el dos de mayo en su barrio, donde los 'majos' y las 'majas' fueron los protagonistas, mientras que los 'manolos' fueron más bien la comparsa que acompañó a los hechos.
Los "chisperos" o "herreros" eran los trabajadores de las herrerías situadas por aquel entonces en la actual zona de las Salesas y alrededores.
Los 'chisperos', además de conocer los secretos de la fragua, supieron trabajar muy bien la madera además de ser aficionados a la tauromaquia. También fueron sobresalientes guardaespaldas de políticos, chulitos de taberna y garitos de mala fama, guaperas de mancerias, dominadores del desparpajo y la chulería. Se hicieron querer por algunas de las más hermosas mujeres de la aristocracia madrileña. Goya los pintó en sus cartones y en ellos deja traslucir su admiración por estos personajes.





