Finalizando el siglo diecinueve, llega a Madrid Julián Díaz proveniente de un pequño pueblo de la provincia de Cuenca a ganarse la vida. Comienza a trabajar en un negocio de venta de bebidas como chico de los recados. Pasarán apenas tres años cuando nuestro hombre considera tener ya la experiencia necesaria para abrir su negocio, una pequeña tienda de vinos en la castiza y pobre calle entonces de la Ruda. Sin luz ni gas y con unos modestos faroles de aceite como única ilumunación, abre su cierre a las seis de la mañana para una parroquia integrada por panaderos, traperos y albañiles que consumen las consabidas copitas de aguardiente de hierbas o del anís más peleón que quepa imaginar.
Casado y padre de doce hijos, se ve obligado a trabajar en el negocio que poco a poco y con la ayuda de toda la familia comienza a mejorar. De esa epoca es el nombre del establecimiento. Cuentan que frecuentaba el local un pobre que como única posesión tenía una vieja guitarra y que atendia al nombre de Malacatín. Para ganarse unas copitas de vino tocaba la unica melodia de su repertorio: Tin ,tin ,tin, Malacatin ,tin tin,tin.... Tan asíduo era, que los parroquianos comenzaron a llamar a don Julián el de Malacatín.
Pasados los años, el señor Julián cede el negocio a la menor de sus hijas, Florita, que casada con Isidro, son los actuales propietarios. Decidieron poner como nombre comercial al estabrecimiento el de Malacatín, en recuerdo a tan peculiar personaje.
Mejoraron el negocio añadiendo la cocina, hasta alcanzar la fama que hoy tienen y que su hija Conchita y su nieto Jose Alberto mantienen con el mismo amor y atención que sus antecesores. La cocina inagurada por los hijos del fundador ha elevado a un plato, el cocido de Malacatín, a las más altas cotas de la cocina madrileña.




