La corrala debe su nombre a esa tipología de viviendas populares que se construyeron principalmente en el siglo XIX en la ciudad de Madrid. Detrás de una fachada simple y sin pretensiones, como otras tantas, y después de atravesar un portalón, se accede a un patio vecinal donde las tres o cuatro (e incluso cinco) alturas de su edificación se articulan en torno de ese patio y a los corredores o pasillos que dan acceso a las modestas viviendas de superficie muy reducida. Poco más de treinta metros cuadrados de humilde construcción, se disponen a lo largo de los corredores superpuestos y sostenidos por pilares de madera y dando todos ellos cara al patio.
La vida familiar y vecinal - muy intensa y volcada al exterior - tenía a los corredores y al patio como escenario comunitario de la convivencia. El uso en común del grifo del agua o del servicio, hacía más intensas las relaciones vecinales. La presencia de tiestos de geranios o de jaulas de pájaros puestas al sol alternando con la ropa tendida para secarse entre pilar y pilar de madera, era el escenario común de las clases populares y trabajadoras del Madrid de finales del siglo XIX y principios del XX. Un hecho tan característico y típico de los barrios bajos de Madrid, donde las relaciones venían marcadas en gran medida por las peculiaridades de la estructuras arquitectónicas de las corralas madrileñas, donde la vida social y familiar se hacía en torno al mencionado patio central, punto de encuentro y antesala de la calle, vehículo comunicador con los otros "madriles".
Hoy una de estas corralas, la situada entre las calles de Sombrerete y Tribulete y cuyo patio da a la calle de Mesón de Paredes, (casi ná, como diría un castizo), se ha convertido en símbolo y prototipo de este modelo de edificaciones, ya que no hace mucho tiempo fue declarada monumento nacional, siendo también escenario natural de fiestas y representaciones teatrales con un fuerte carácter popular y castizo.








