Cafés de Madrid, de la postguerra a un presente esperanzador

Cervecería Alemana en la Plaza de Santa Ana de Madrid

Los cafés de Madrid han cubierto una epoca de nuestra historia que comenzó su decadencia con la finalización de la Guerra Civil y los nuevos estilos de vida impuestos por los vencedores. Entre 1939 y 1965, cerraron más de 75 cafés, se mantenían 56 y abrieron sus puertas 517 cafeterías, un híbrido a medio camino entre bar y cafe.

La vida, poco a poco, recobra su pulso. Muchas son las ausencias. El exilio y la cárcel, en el mejor de los casos, pueblan las filas de los antiguos republicanos. Los vencedores, pletóricos, pretenden volver a sus formas de vida anteriores a la guerra, como si nada hubiera pasado. Pero todo ha cambiado; las viejas costumbres son eso, viejas. Los personajes, antes famosísimos, son hoy muertos vivientes. Valga como ejemplo Pedro de Répide. Muerto en 1948 más solo que la una despues de alcanzar las cotas más altas de la fama y la popularidad. Abandonado de sus lectores y admiradores, tan sólo acompañado de algun viejo amigo tan olvidado como el.

Alguna tertulia se intenta recrear, como las del Café Lyon en la calle Alcalá, frente a Correos. Tertulia de escritores y toreros, de gente importante del nuevo régimen, que se reunía bajo el magisterio de José María de Cossío y el ocasional de Eugenio d'Ors.

Será el Café Gijón, el primero en intentar recuperar el ambiente tertuliano de los cafés de Madrid.

Los jóvenes creadores encuentran en él un cierto remanso de tranquilidad y de cierta libertad. Hacen del Gijón su punto de encuentro y lugar de debates y acuerdos. Por sus mesas pasarán lo mejor de esa juventud creadora que lucha por hacerse un hueco en el panorama literario y artístico de ese Madrid que comienza a salir de la tristeza y pobreza de la postguerra.

De los asiduos jóvenes de entonces hoy son ya famosos consagrados algunos, mientras otros envejecidos por el tiempo no pierden la esperanza de alcanzar algún dia su momento de gloria.

El otro café que quedó en Madrid de la época gloriosa fue el Comercial, en plena glorieta de Bilbao. Le diferenciaba del Gijón el estar frecuentado por jóvenes con menos pretensiones, gente de tropa, estudiantes progres, amantes de cineclub y hambrientos de libertades.

La Cervecería Alemana en la plaza de Santa Ana, conoció los primeros hippis de Madrid, con sus melenas y sus cazadoras militares a imitación de los jóvenes contestatarios de los EE.UU. Corrían los años sesenta y era todo un espectáculo verlos sentados en las mesas de la cervecería. Las señoras bien iban a contemplarlos a través de los ventanales del local para luego contar a sus amigas de provincias lo perdida que estaba la juventud.

En los sesenta y comienzos de los setenta aparecen en Madrid los pubs, entre los que destaca el Santa Bárbara, el más concurrido y elegante y donde se iba mucho a dejarse ver y hacerse notar. Su clientela se nutría de progres y personajes del mundo del artisteo.

Las últimas décadas conocieron el número menor de cafés madrileños, menos de veinte permanecían abiertos. Desde comienzo de los años ochenta, la recuperación de las tradiciones madrileñas y los intentos de apaciguar, aunque sea por unos minutos la ajetreada vida cotidiana madrileña, han hecho que la demanda de locales como los cafés se haya incrementado.

De esta manera, entre cuidadas decoraciones o pastiches más falsos que Judas, se fueron abriendo los nuevos locales, que intentaron recuperar los ambientes de los viejos cafés. Poco a poco las nuevas generaciones recuperan la siempre joven costumbre del debate sobre lo humano y lo divino, de lo transcendental o de lo nímio, pero siempre teniendo como medio la discusión y como meta hacer de la conservación un rito de vida y un método de aprendizaje.

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