El auge de los cafés de Madrid coincide con la apertura de la nueva reforma de la Puerta del Sol, estableciéndose en su entorno nuevos locales. La burguesía madrileña de la "restauración" ocupa sus mesas junto a los jóvenes recién llegados de provincias, dispuestos a triunfar en Madrid. El café se convierte en territorio de ocio, en punto de encuentro y lugar de estancia donde pasar las horas. Entre contertulios y clientes de fiel presencia diaria, son más cálidos que las frías casas de vecinos en invierno y más frescos que las calurosas y poco ventiladas casas madrileñas en verano.
En agosto de 1881 dos cafés madrileños introducen la luz eléctrica por primera vez. Son el elegante Fornos, en la calle Peligros, y el Madrid, en la calle Alcalá.
Uno de los cafés maás famosos de esta época fue La Montaña, con su famosa tertulia, a la que acudían entre otros Martínez Sierra, el editor Ruíz Castillo, el cronista Manuel Bueno y el inefable Valle Inclán. La fama de este local le viene, en parte, por la discusión sostenida entre Valle y Bueno y que acabó pasando a las manos. Bueno le propinó un golpe con su bastón a Valle en su brazo izquierdo, clavándole en la muñeca el gemelo de la camisa. A los pocos días la herida se gangrena y hubo que amputarle el brazo.
Entre los nuevos locales destaca también El Colonial, elegante café de vida nocturna y bohemia, centro y punto de encuentro de artistas, con abundante clientela cuando cerraban los teatros.
Igualmente famoso fue el Universal, en la mismísima Puerta del Sol, donde solía ir a la hora del vermouth don Antonio Machado, acompañado del poeta Alejandro Sawa, a tomar el consabido aperitivo.
Café popular donde los haya fue el de San Millán en la calle Toledo, siempre lleno a rebosar de ganaderos, arrieros, y todo un público de blusa y alpargata.
El Madrid de las dos primeras décadas del siglo repartía a sus vecinos entre los diferentes cafés. Los clientes eran fieles a sus cafés, y los camareros eran como miembros de la familia de sus clientes. El Gato Negro, con su decoración de cuento, era acogedor, siempre lleno de escritores y cómicos, dada su cercanía al Teatro de la Comedia.
Algo más golfo era el Castilla, donde también abundaban los periodistas y donde las caricaturas de Sirio servían de decoración. El Café Español, junto al Teatro Real, bonito y algo apagado, solía ser frecuentado por los hermanos Machado. Allí tocaba el piano un viejo ciego que respondía al nombre de Zacarías.
Durante los años veinte y hasta la Guerra Civil fueron muchos los cafés de Madrid: cafés de públicos diferentes, para toreros, cómicos, pintores o literatos de diferentes cataduras, en un etcétera sin fin. Un Madrid en expansión donde en cada barrio la gente se reunía en ellos, diariamente los más adictos y los días de fiesta todo aquel que se sentía vivo.
No es posible imaginarnos a Gómez de la Serna y a su Madrid sin Pombo y sus leyendas. Situado en la calle Carretas,casi haciendo esquina con la Puerta del Sol, fue a partir de 1915 centro y tribuna del peculiar y siempre único RAMÓN Gómez de la Serna. Pontífice un día a la semana, introduce la costumbre de la tertulia semanal los sábados por la noche y abierta a todos. De la mano del sumo sacerdote de Pombo pasaron por la tertulia Gutiérrez Solana, Victorio Macho, Tomás Borrás, Bagaría, Luis Esteso, además de ilustres visitantes hispanoamericanos como Borges, Larreta o Huidobro. Entre los europeos destacaron Jean Cocteau o Giovanni Papini. La tertulia desaparece, cuando su fundador se traslada a Argentina en 1936.
Más alejados del centro pero con tanta clientela destacan el Roma, abierto en 1914 en la calle Serrano y que contó entre sus habituales clientes a Gregorio Marañón. El Royal, ubicado en la esquina de Goya con la avenida de Felipe II, fue punto de encuentro de los tertulianos congregados por Rafael Cansinos Assens, magnífico cronista de esta época y de sus personajes, como puso de manifiesto en su obra de titulada "La novela de un literato".
El Café Viena fue inaugurado ya finalizada la década de los años veinte en la calle Luisa Fernanda. Por él se dejaban ver políticos como Alejandro Lerroux o Casares Quiroga.
En estos años cerrarían sus puertas algunos cafés míticos como el Nuevo Levante, que situado en la calle Arenal, abriría sus puertas en el último tercio del siglo diecinueve, y las cerraría en los primeros años veinte, después de ver pasar por sus mesas a escritores como Azorín, Baroja, Ciro Bayo, o artistas como Picasso, Gutiérrez Solana y Ricardo Baroja.
En la calle de Alcalá, y a su derecha desde Sol nos encontrábamos con dos cafés de renombre : Negresco y La Granja del Henar. En este último tuvieron lugar tertulias que han pasado a la historia, como la que tenía lugar en los últimos años veinte y que reunía a lo más granado de la juventud de la nueva generación humorista madrileña, teniendo como figura central a Enrique Jardiel Poncela. Para este genial humorista, el café era algo más que un punto de charla y encuentro, era un lugar de trabajo. Los cafés eran sus lugares habituales de trabajo y en ellos escribió las mejores páginas de sus novelas así como las mejores escenas de sus obras teatrales. Fue hasta su muerte un enamorado de los cafés . Aunque no superó en presencia cafeteril a Emilio Carrere, que pasaba todo el día, desde la una de la tarde hasta la madrugada en cualquier café que estuviera a su mano. En el Café Varela, en la calle Preciados, tuvo su centro de trabajo y en sus mesas escribió algunos de sus mejores y más populares versos. Entre sus divanes rojos vio llegar su vejez en los años cincuenta, entre viejos amigos y recuerdos de otras épocas.
La República pone los cafés de moda, entre ellos destaca el Recoletos, inaugurado en el año 1928, que compartió acera y dueño con el Gijón. Era el cuartel general de la derecha y monárquicos y falangistas poblaban sus mesas. Entre sus asiduos se encontraban Agustín de Foxá, Gustavo de Maeztu o González Ruano, entre otros y algún que otro día se dejaba caer José Antonio Primo de Ribera. De pascuas a ramos aparecían Rafael Alberti con María Teresa León más algunos amigos izquierdistas para meter miedo a esa juventud elegante y minoritaria de derechas.
La guerra se lleva por delante a muchos cafés históricos como el Colonial o el Madrid. Otros muchos quedan tocados para siempre. La escasez de café se hace notar y hasta la malta es insuficiente. Los establecimientos que siguen abiertos están llenos de público, deseoso de pasar los momentos de descanso de tan numantina defensa lo mejor posible por si la muerte los llevaba al día siguiente sin avisar.
La indumentaria proletaria se enseñorea de los cafés. El mono de trabajo ha sustituido a las corbatas burguesas, que han huido o se han escondido en espera de mejores tiempos. Los camareros son compañeros que han perdido su antiguo aire servil. Por unos meses las tornas han cambiado y los de abajo se sienten importantes o mejor lo son. La guerra y la revolución imponen su ley. Pero poco dura la alegría en casa del pobre. La guerra finaliza y las aguas vuelven a sus cauces.
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