Amparo Gastón y Gabriel Celaya iban siempre juntos. Pertenecían a esa serie tan repetida de matrimonios que no saben estar separados, pero que a la vez no saben estar juntos. Sus roces son constantes, pero también, constantes, sus reconciliaciones.
Cuando yo les conocí, creo que en la tertulia del Café Pelayo, ambos estaban en la plenitud de sus vidas. Amparo seguía siendo esa mujer guapa que nos describió Hortelano, y Gabriel, erguido, rubicundo y fuerte, con su eterna sonrisa y su intachable cordialidad.
La verdad es que yo sentí por el matrimonio Celaya una simpatía inmediata, a los pocos minutos de conocerles, aunque tardé tiempo en sentirme verdaderamente amigo suyo. Pero allí, en el café, al lado siempre de Amparo, que le aportaba cierta seguridad popular, Celaya representaba para nosotros, o al menos para mí, aspirante a poeta y poeta de una determinada manera, todo lo que nombre de tierra y de llanto! ¡Cómo me gusnos esperaba: el honor y la gloria de cantar al pueblo oprimido y contribuir a su liberación.
Participaba el matrimonio Celaya de la amistad de muy diferentes generaciones. Por un lado podría estar el pintor Caneja, más o menos de su edad; por otra, los poetas del cincuenta, Ángel González, Caballero Bonald y Hortelano (al que Amparo llamaba cariñosamente “mi chico”), y luego nosotros, más jóvenes, Martínez Sarrión, Gustavo Domínguez, Chus Visor y yo mismo, y puedo decir que todos, a nuestro particular modo, dedicamos a “los Celaya” un amplio fervor y una dedicación especiales.
En largas noches de vino y rosas, si había suerte, Gabriel contaba sus viejos tiempos en la Residencia de Estudiantes, con Lorca y Dalí, o cuando contempló en vivo y en directo y sufrió el brutal bombardeo de Guernica. Eran tiempos en que cantábamos:
C’est si bon,
Amparito Gastón.
Al lado de Amparo viví los últimos y terribles días de la agonía del poeta, y la acompañé en los siempre difíciles trances de despedir a un ser querido. Y después, he seguido viéndola, no con la frecuencia que deseara, pero si de vez en cuando. Y sigo sintiendo por ella el mismo cariño de aquellos primeros años de conocimiento y amistad, y a veces, cuando llevo mucho tiempo sin verla, recuerdo algunos de sus sencillos versos, y sobre todo uno que dedicó a Antonio Machado:Machado y Ruiz
Machado y Ruiz:¡Qué sabroso
nombre de tierra y de llanto!
¡Cómo me gusta decir
Antonio Machado y Ruiz!
José Esteban





