Alfonso Sánchez Portela nace el 16 de noviembre de 1902, en el numero 12 de la Calle de los Mancebos, en el castizo barrio de la Morería. Hijo de Alfonso Sánchez García y de María Portela Mateo.
Su padre era ya entonces un prometedor fotógrafo, que dos años después del nacimiento de su hijo gana un premio internacional de fotografía de Nueva York, con una foto titulada 'Mi mujer', que representaba a su esposa, y madre de Alfonso, lavando la ropa sobre una tabla de madera y junto a un barreño de cinc, bajo el tragaluz de la buhardilla donde vivían.
Estudio el bachillerato por libre en el Liceo Francés, para examinarse oficialmente en el Instituto Cardenal Cisneros. Desde muy joven se sintió fotógrafo, se encerraba en el laboratorio, junto con los empleados de su padre, para seguir el proceso de revelado. Cuando su padre le planteo seguir los estudios universitarios, se negó en rotundo a ello, y después de duras discusiones llegaron a un acuerdo que fue su contratación como aprendiz del estudio. Su padre, no estaba dispuesto a favorecer a su hijo y este pasó por todas las tareas que los aprendices realizaban en aquellos años.
Muy pronto supera sus tareas y comienza su aprendizaje de calle, atraído por el costumbrismo del Madrid de la época, sus primeros trabajos ilustran los artículos de los cronistas de la villa y se publican en la prensa, sobre todo en 'El Heraldo'.
Alfonso comienza a enamorarse de Madrid, de sus calles, de sus rincones más peculiares, de sus gentes y como no de sus ambientes.
El estudio de su padre trabaja para toda la prensa madrileña, desde 'La Voz' hasta 'El Sol' o 'El Imparcial', y cubrían todo tipo de información, desde los toros, el teatro o los sucesos más o menos trágicos, sin descartar los actos culturales o políticos. La competencia era muy dura.
En 1921 Alfonso solicitó la credencial como reportero de guerra, para poder cubrir la información gráfica en la guerra de Marruecos. Con la acreditación en la mano acudió todos los veranos a los distintos frentes de batalla del norte de África, hasta el desembarco de Alhucemas.
Durante estos viajes, al director del diario 'La Libertad', Luis de Oteyza se le ocurrió realizar un reportaje sobre los prisioneros españoles que permanecían en manos de los rifeños, para ello contaría como fotógrafo con el padre de Alfonso, que para asombro de todos declinó la oferta en su hijo. La idea era penetrar en campo enemigo, contactar con el famoso Abd el-Krim, negociar la visita a los prisioneros y fotografiarlos con Luis de Oteyza.
Después de multitud de peripecias, al final lograron su cometido, el éxito fue rotundo, 'La Libertad' publicó el reportaje en exclusiva. A su vuelta, son recibidos en Madrid por una multitud exaltada, todos los periódicos nacionales solicitan reproducir las fotografías de Alfonso, al igual que muchos extranjeros.
De esta manera, Alfonso se convierte en el reportero gráfico más famoso del país. De su presencia durante cinco veranos en África, salió como un consumado periodista gráfico de indudable calidad. La imagen aportó credibilidad a un periodismo, que alejado de los campos de operaciones de la guerra, no contaba con el suficiente crédito entre sus lectores.
Durante los años veinte, Alfonso sigue en su línea periodística propia, donde compagina sus reportajes sobre el Madrid de la época y sus diferentes ambientes -en muchos de los cuales denuncia las miserables condiciones de vida de las capas más desfavorecidas de la población- con las aventuras fotográficas en los vuelos que realizaba para hacer fotos desde los aviones, como los que llevo a cabo en Senegal en 1927. Y tampoco olvida el trabajo de retratista, por su estudio pasan intelectuales , artistas, políticos y toreros, que son inmortalizados y hoy su imagen va unida a la que Alfonso hizo de ellos en esos años.
Como reportero gráfico será testigo histórico de la vida política y cultural de Madrid y por tanto de España. Testigo de la llegada y caída de la dictadura de Primo de Ribera; de las elecciones municipales de 1931 y la consiguiente salida de España de Alfonso XIII; de la llegada de la Segunda República. Sus fotografías son un testimonio gráfico único y de un gran valor periodístico.
Atento al acontecer político y cultural, su cámara será testigo excepcional de los años republicanos, no solo en Madrid, si no allí donde la noticia toma cuerpo. Sus reportajes se publican en toda la prensa nacional. Sigue siendo considerado como el mejor reportero gráfico de España.
La sublevación militar y el consiguiente estallido de la Guerra Civil, incivil como le gustaba decir a Alfonso, es seguida por la cámara de nuestro fotógrafo. Sus fotos del asalto al Cuartel de la Montaña, o del juicio y fusilamiento de su defensor el General Fanjul, son todo un ejemplo de periodismo gráfico único.
Alfonso soporta estoicamente el cerco de Madrid, sin abandonar la ciudad, aunque económicamente la situación no puede ser peor, mantiene abierto el estudio con su familia. Ante los posibles bombardeos, divide para su seguridad sus archivos fotográficos en diferentes lugares, que al finalizar la guerra recuperara casi íntegros.
Durante los tres años de guerra, sale todos los días a fotografiar su querido y sufrido Madrid. Fotografía la difícil vida cotidiana, sus calles y sus gentes, el sufrimiento y el dolor de los madrileños por los efectos del asedio que sufre la ciudad. Son conocidas sus fotografías de las famosas colas del Madrid de la guerra y las de los efectos de las bombas en sus calles. En ellas refleja todo su amor por Madrid y su odio por una guerra que no entiende ni comprende.
La finalización de la guerra, no trae mucha tranquilidad a Alfonso, los vencedores le retiran el carnet de reportero de prensa, sólo le permiten trabajar como retratista de estudio. Pero Alfonso, lejos de lamentarse, se dedica en cuerpo y alma a su faceta de retratista. En pocos años la fama de su estudio familiar y de Alfonso es grande, sus clientes son muchos e importantes. Comienza poco a poco a ser reconocido como un gran fotógrafo. Se realizan algunas exposiciones de su obra, y en las jóvenes generaciones de fotógrafos se le valora y se le reconoce como un maestro.
El amor a Madrid y a sus tradiciones es permanente. Impulsor de la Asociación de los Amigos de la Capa, llegará a presidirla. La democracia, devolverá toda la fama de reportero fotográfico a Alfonso, reconociéndole como lo que fue: el más grande de los reporteros gráficos de nuestro siglo XX
En 1984, el Ayuntamiento de Madrid decide en pleno otorgarle la Medalla de Oro de la Villa, que le será impuesta por su alcalde, Don Enrique Tierno Galvan.
Posteriormente en 1989, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, le elige miembro numerario de la misma, abriendo así por fin sus puertas a la fotografía. Su estudio de la Gran Vía se instituye como museo.
Moriría poco después, el 11 de marzo de 1990, a la edad de ochenta y siete años. Su archivo cuenta con más de 500.000 negativos, clasificados cronológicamente. El callejero de Madrid recuerda a Alfonso, su fotógrafo, con una calle en un rincón tan querido para él como fue el viaducto. Muy cercano a donde nació este inolvidable madrileño.


delicious
google
yahoo



